Un febrero 28 del año 2015 me uní a esta bella institución. A pesar de que la llegan a malinterpretar por no estar afiliada a alguna religión y que sí esté afiliada a la masonería, es la mejor experiencia que puede tener un adolescente, al menos ese ha sido mi caso y tal vez el de decenas de personas que he conocido siendo parte de.
De una vez, aclaro que todo esto es con base a mi experiencia dentro de ahí.
Es una institución que incentiva los valores de cada joven, así como las responsabilidades que tenemos como hijos, estudiantes y ciudadanos. Además incita a que los jóvenes vayamos por el camino más honesto y virtuoso, es decir, evitar los vicios, pero no ser desconocidos a ellos.
Lo anterior es dicho formalmente, ahora viene cómo transformó mi vida y el gran impacto que tuvo para llegar a ser lo que ahora soy.
Que les puedo decir, a la edad de 16 años formé parte de ese taller, sin embargo, a esa edad ¿estaba seguro que quería eso en mi vida, algo tan drástico que no me dejé ser como cualquier joven?
Realmente nunca estuve seguro ja ja, es como tener un noviazgo, a veces te sientes muy bien con tu pareja y otras veces ni quieres saber que tienes pareja, ¿les ha pasado? A mí sí, muchísimas veces, en sí, yo era de los niños que tenían novia a cada rato, y la terminaba en breves. Tal vez, llegué a ver a algunas chicas como trofeos, de los cuales peleas mucho por ellos y cuando los tienes ya no sabes qué hacer.
Bueno, eso cambió cuando entré a dicha institución, cuando pensaba tener alguna relación de verdad me preguntaba si yo la quería para algo bonito y dejar de jugar con sentimientos, es decir, dejé de ser egoísta y me puse a pensar en los demás, en este caso, respecto a los sentimientos. Y fue así como pude tener mi primer relación estable y más o menos duradera.
Cuando vivimos la etapa de la adolescencia es muy bien sabido que tenemos en total alteración nuestras hormonas y reaccionamos de una manera bipolar en varios actos. Yo no fui la excepción, me peleaba con todo el mundo cuando no concordaba con algún pensar ajeno a mí.
Cuando entré al AJEF tenía actitud valemadrista, es decir, no me importaba si mi conducta era adecuada a lo que vivía, por no decir que me valía madres todo.
Sin embargo, poco a poco fui mejorando, incluso me volví muy sensible a reacciones ajenas a mí, siempre me pongo a pensar mucho sobre qué generó esa reacción o acción, me cuestionaba si ameritaba una disculpa por mi parte o sólo lo tenía que dejar pasar.
Ese cambio de verdad que ha durado mucho, y sigo aún en el proceso de siempre estar mejorando día a día de esa forma.
Ese es un gran cambio para mí que tal vez muchos no lo notaban, pero yo sí.
Otra cosa que me di cuenta fue que los vicios los manejamos nosotros, nosotros sabemos hasta donde queremos llevarlos, si nos damos cuenta, es parecido a cuando tenemos o vamos a tener nuestros relaciones sexuales, cada quien decide hasta donde llega la pareja que tienen, en la mayoría de los casos, a nosotros los hombres nos ponen esos límites, pero bueno ese no es el caso.
Digo esto de los vicios, porque desde muy pequeño tomaba varios licores y cervezas, con muy pequeño me refiero entre los 8 a los 10 años, realmente nunca estuve bajo observación de mis padres, por lo cual puedo decir que mi educación de una manera cívica me la dio la escuela y yo. Después me la dio mi taller y amigos.
Bueno sabiendo lo anterior, no era de sorprenderse que a los 14 años saliera cada fin de semana a tomar con amigos, fiestas, etc. y así hasta la fecha. Empero, con mi entrada al taller aprendí a beber de una manera tranquila y saber cuándo decir «esta es mi última copa».
Para ello pasaron dos congestiones alcohólicas, muchos cuidados de mí para mis amigos y organizar borracheras, como dirían, después de la tormenta viene la calma y desde entonces presumo que ya sé tomar.
El AJEF me regaló muchas experiencias como lo pudieron leer previamente, pero lo más importante que me dio fueron unos grandes compañeros de vida. En nuestra actualidad, es muy difícil conseguir amigos que sean totalmente correspondidos. El taller me dio eso y muchas experiencias con ellos, de tal manera que les podría decir cómo y quiénes son mis amigos, al igual que ellos saben eso de mí; también les puedo presumir que muchos de nosotros nos conocemos más que cualquier familiar.
Todo esto me dice que a veces las mejores personas en tu vida no serán los que comparten sangre contigo.
Desde ese sábado 28 de febrero, he dedicado mis sábados enteros a mi taller, a mis amigos, gente por la cual podrías decir «doy mi vida por ti, porque sé que tú la darías por mí».
